リーノドール:Cafe Lino

Muñeca lino: Cafe Lino

Había una lino que llevaba un café ella sola y a su aire. Venían uno o dos clientes al día, pero como le gustaba la calma, le venía bien así.

Al terminar la jornada miró la bolsa del café en el armario rojo: quedaban apenas unos granos. Llamó al tostador: «¿Me traes 100 gramos de café, por favor? Mañana no estaré, así que déjalo en la tienda». Al día siguiente pensaba salir tempranísimo a coger fresas para hacer una buena tarta.

Cuando Cafe Lino volvió a la tienda con los brazos llenos de fresas, había una nota pegada en la puerta.

«Le he traído 100 kilogramos de café. Se lo dejo todo dentro.» La lino ladeó la cabeza, abrió la puerta y, con un ruido tremendo, una ola de granos de café se la tragó. «Vaya por Dios. No son 100 gramos, son 100 kilos», dijo la lino enterrada en café.

Nadó como pudo por aquel mar de granos hacia arriba, y vio que entre el café y el techo quedaba justo el hueco de una cabeza.

Estaba calculando hacia dónde quedaría el teléfono para llamar al despistado del tostador cuando oyó un ruido abajo: chof, chof. Miró hacia donde venía y, con un «¡zas!», asomó la cabeza de un señor. El señor movió un rato la cabeza mirando a un lado y a otro y, al verla, dijo: «Un café».

«Un café, marchando», dijo la lino, y nadó hasta donde creía que estaba la estantería y se hundió.

Al final vio el armario rojo, consiguió abrirlo, sacó granos de la bolsa pequeña, los metió por la ranura del molinillo y los molió. Como no podía encender el gas, usó el agua caliente del termo. Subió con el café hecho hacia donde estaba el cliente y, por suerte, salió justo delante de él.

La lino levantó los dos brazos y sirvió el café en la taza; el señor se lo bebió con mucho esfuerzo. «Estaba buenísimo», dijo, y se marchó. La lino iba ya a llamar al tostador cuando oyó una voz desde fuera.

Era el señor de antes. «…¡Perdone! ¡Estaba tan bueno que querría comprar también granos!» Y la lino contestó: «¿Granos? ¿No lleva en los bolsillos?». «¡Aaah! ¡Tengo los bolsillos llenos de café!» «¡Pues lléveselos!», respondió ella.

Cuando se disponía por fin a bucear hacia el teléfono, otra vez: chof, chof. Eran unos transeúntes que habían oído la conversación y venían a tomar café.

Y cada vez que iba a llamar, asomaba otro cliente del mar de granos, y la lino nadaba y hacía café. No paraban de asomar cabezas; no dio abasto. Cuando la noche cubrió el tejado de la tienda, todo aquel café se había terminado.

Cuando por fin dejaron de venir clientes, miró con calma la bolsa del café en el armario rojo: quedaban apenas unos granos. Llamó al tostador: «¿Me traes 100 gramos de café, por favor? Mañana no estaré, así que déjalo en la tienda».

Mañana sale a coger uvas silvestres para hacer zumo.

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