unaと黒い山

una y la montaña negra

Por un desierto de cielo azul avanzaba una pequeña caravana.
Un caballo muy pequeño tiraba de un carro igual de pequeño.

Quienes viajaban eran unos seres diminutos, de unos 25 centímetros,
a los que llaman una.
Por alguna razón, estas criaturas no se quedan nunca en un mismo sitio:
lo normal es que viajen mucho tiempo hasta encontrar un lugar que les guste.
Esta vez también seguían de viaje muy contentas, cantando, bailando y echando cabezadas.
Pero no todo iba bien.
La caravana llevaba ya más de veinte días metida en el desierto,
y se les habían acabado los frutos secos y el agua.
En ese momento, una de las una, subida a la lona del carro,
miraba fijamente el horizonte sin dormirse, cosa rara en ella.
Había una montaña completamente negra, como no había visto ninguna.
La una se frotó bien los ojos y volvió a mirar hacia allí.
Al pie de la montaña crecían muchos árboles.
Muy emocionada, dijo: «¡Árboles, árboles!».
Si había árboles no era tierra seca: tenía que haber agua.
Las demás una se dieron cuenta y se armó un alboroto.
Muertas de alegría, la caravana cambió el rumbo hacia la montaña negra.
****
Al pie de la montaña negra no solo había árboles y hierba:
había un río y un manantial, y en el río hasta nadaban peces.
Por todas partes crecían frutos rojos.
Las una, muertas de hambre, les hincaron el diente.
Estaban muy ácidos, y entre «qué ácido, qué ácido»
se pusieron las botas.
Con la tripa llena, las una empezaron a desconfiar.
Cuando en mitad del desierto hay tanta agua y tantos árboles,
casi siempre hay también algún animal feroz.
Pero allí no se notaba nada parecido.
Entonces una de ellas dijo:
«Vamos a fundar el país de las una».
A las demás les gustó la idea.
Una de ellas clavó en el suelo un palo con unas hojas atadas.
Hacía de bandera.
Encantadas, todas se pusieron a dar vueltas y vueltas alrededor de la bandera.
Cuando llevaban un buen rato, la una de la bandera dijo:
«Vamos a repartirnos los oficios».
La una mandona, a la que le gusta opinar y decidir, contestó enseguida:
«Yo quiero ser la presidenta».
Todas asintieron. Presidenta, decidido.
La una a la que le gusta pescar también levantó la mano:
«Yo quiero pescar».
Todas de acuerdo.
La una a la que le gusta cantar levantó la mano:
«Yo quiero cantar».
Todas asintieron otra vez.
La que cocinaba bien fue la cocinera, la que disfrutaba cavando fue la constructora,
y así se fueron repartiendo los oficios.
Pero había una que no levantó la mano en ningún momento.

La presidenta le preguntó: «¿A ti no se te ocurre nada?».
Aquella una pensó con todas sus fuerzas, pero no se le ocurría
nada que se le diera bien.
La presidenta volvió a preguntar «¿nada?», y no le quedó más remedio que contestar «nada».
«¿Te parece bien quedarte sin oficio?», le dijeron.
La una asintió, cabizbaja.
****
Las una se levantaban todas a la vez en cuanto salía el sol y trabajaban con ganas.
La pescadora se iba a pescar; la que amaba las flores hacía un jardín.
La que cavaba y la que tenía buena mano montaban tiendas entre las dos.
La una sin oficio se acercaba a las demás
y les pedía ayudar,
pero todo le salía mal y siempre acababan riñéndola.
Aun así, la una sin oficio probaba cosas a ver si servía para algo.
Echó demasiada sal a la comida, dejó escapar los peces recién pescados
y tiró abajo una tienda que tanto había costado levantar.
«No hace falta que vengas más», le decían las otras, enfadadas.
Al caer el día aparecía la presidenta con mucho garbo, se sentaban todas en círculo
y una por una contaban lo que habían hecho.
«He pescado tres peces».
Todas se alegraban muchísimo.
«Ya hay dormitorio».
«He plantado semillas».
La una sin oficio decía: «No he podido».
Pero nadie se lo echaba en cara.
Todas asentían con la cabeza.
La una valiente dijo: «Al otro lado de la montaña había algo enorme durmiendo».
La presidenta preguntó: «¿Y eso qué es?».
«No lo sé, pero dormía», contestó la valiente.
Un día, la una sin oficio pasó por allí muy ufana, abrazada a una tinaja enorme.
Eso no había pasado nunca.

La pescadora le preguntó:
«¿Adónde vas tan contenta?».
La una sin oficio contestó:
«He encontrado algo bueno».
La que amaba las flores preguntó:
«¿Algo bonito?».
La una sin oficio contestó:
«Algo que no había visto nunca».
La presidenta preguntó:
«¿Y qué vas a hacer con una tinaja tan grande?».
La una sin oficio contestó:
«Voy a traer también para todas».
Y la una sin oficio se metió en el bosque canturreando.
Al llegar la noche empezó la reunión de siempre.
La una sin oficio estaba emocionada.
Por primera vez podía decir algo que no fuera «no he podido».
«He pescado un pez».
Todas se alegraron muchísimo.
«Ya está la atalaya».
«He recogido fruta».
Por fin le tocó a la una sin oficio.
«¡He encontrado una hierba buenísima!»
Resoplaba de orgullo, con la cara radiante.
La presidenta miró la hierba y dijo:
«Esto es hierba venenosa. Si te la comes, te mueres».
Las demás se quedaron de piedra.
«Te mueres».
La una sin oficio, tan ufana hacía un momento, agachó la cabeza.
Toda aquella montaña de hierba era hierba venenosa.
La una sin oficio volvió a casa abrazada a la tinaja llena de veneno.
Y, cosa rara en una una, lloró un poquito.
****
Esa noche había luna llena.
Aunque era de noche había algo de claridad, y todo estaba en silencio.
De pronto sonó un ruido siniestro: grrrrrr…
Las una se despertaron de golpe y, apretadas unas contra otras y temblando,
intentaban adivinar qué estaba pasando.
Se oyó un estruendo enorme,
el suelo tembló y las una salieron despedidas de las tiendas.
En el aire flotaba un olor espantoso.
Una de ellas levantó una antorcha pequeña y lo vio.
Un monstruo gigantesco con cabeza de toro gruñía en la oscuridad.
Gruñía grave y miraba a las una con unos ojos sin ninguna emoción.
Y de repente agarró a las una que tenía cerca, con suelo y todo, y se las metió en la boca.
Empezando por las que se habían quedado paralizadas de miedo, se las fue comiendo una tras otra.
Parecía que no había nada que hacer.
«Te cocinaré todos los días, no me comas»,
suplicó la cocinera con las manos llenas de fruta.
El monstruo se la metió en la boca con fruta y todo.
«Te cantaré todos los días, no me comas».
En el momento en que iba a cantar, un brazo salió disparado, la agarró
y se la comió.
La una valiente cogió un palo encendido y dijo:
«Como no te vayas de aquí, te vamos a dar».
A la valiente se la comió con fuego y todo.
Las una que seguían vivas se escondieron temblando entre las sombras.
El monstruo soltaba un bufido horrible mientras miraba a un lado y a otro
buscando a las que se escondían.
Y entonces, de repente, la una sin oficio salió y se plantó delante del monstruo.

«Cómete esto»,
dijo la una sin oficio.
Llevaba en la cabeza la tinaja repleta de hierba venenosa.
Tenía los ojos irritados del disgusto.
El monstruo, sin dudarlo un instante, se tragó a aquella una
con tinaja y todo.
El monstruo, que iba a comerse a las demás,
se quedó de pronto sin fuerzas.
Abrió mucho los ojos, empezó a echar baba a chorros por la boca
y a respirar con dificultad.
Con una arcada enorme, vomitó a todas las una
que se había comido.
Las una que salieron de allí estaban muertas.
El monstruo empezó a dar zarpazos y saltos, como si quisiera huir del dolor.
Derribó la montaña, arrancó el bosque y al final, con un bramido
de agonía, cayó de golpe al suelo.
El monstruo no volvió a levantarse.
El veneno de la hierba lo había matado.
Las una lo miraban todo boquiabiertas,
y cuando vieron que el monstruo estaba muerto,
y que sus compañeras también lo estaban,
se pusieron a cantar una canción de duelo.
La canción duró hasta la mañana.
Al cabo de un tiempo, las una empezaron a reconstruir el poblado destruido.
Lo primero que hicieron fueron las tumbas de las una muertas.
A la una sin oficio la enterraron en el mejor sitio de todos.
Y enterraron con ella la tinaja que llevaba.
****
Cuando llegó la primavera pasó algo extraño.
De la tumba de la una sin oficio brotó una flor preciosa.
No era hierba venenosa.
Era una flor que olía maravillosamente.
A las una les gustó muchísimo aquella flor.

[FIN]
Este cuento ilustrado viene con «Dollybird vol.2», de HobbyJAPAN.

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