02 まりもガールズ ~白老に行く~

02 Las chicas marimo ~vamos a Shiraoi~

Una noche de principios de julio.
El verano había llegado por fin también a Akan.
Aquí, en Akan, de noche baja la temperatura y con manga corta hasta se pasa frío,
pero no deja de ser el verano que todo el mundo esperaba.
Las dos chicas marimo
hacían espectáculos de canto y baile en las posadas termales del lago Akan
y vivían de las propinas del público.
El cocinero, que tan bien las entendía, estaba ahora en Tokio.
En la última carta que les llegó solo ponía: «Aquí en Tokio, dándolo todo».
Las dos guardan esa carta como un tesoro.
La señora mayor del club de mayores, tan amable, se complicó con un catarro el invierno pasado y murió.
Fue todo tan repentino que las chicas marimo no se lo podían creer.
Desde que ella faltó, el club de mayores casi no organiza nada.
Y por eso también se acabaron los espectáculos de las marimo.
Pero no es momento de venirse abajo.
Porque ahora las chicas marimo tienen algo increíble que antes no tenían.
Tienen una «casa» propia.
«Casa», por decir algo: era un cobertizo pequeño que llevaba años sin usar,
pero ellas lo compraron con todo el dinero que habían ahorrado con los espectáculos.
Para ellas fue una compra enorme, que decidieron después de hablarlo días y días.
Por eso, cuando aquella casa pasó a ser suya, se pusieron contentísimas.
Abrían la puerta y entraban y salían una y otra vez, miraban el cobertizo desde fuera con una sonrisa tonta,
contaban las tablas del techo una y otra vez… no se cansaban de mirar su casa.
Tener casa o no tenerla es la diferencia entre el cielo y la tierra.
No solo las protege de la lluvia: también pueden ensayar el «espectáculo marimo» sin molestar a nadie.
Las dos estaban orgullosísimas de haber conseguido su casa,
y ensayaban con más ganas que nunca.
☆☆☆☆☆
Entre la casa de la que tanto presumen y el pueblo termal hay una escuela de primaria.
Las chicas marimo, que nunca han ido a la escuela,
procuraban pasar por delante sin mirarla.
Porque si la miraban a lo mejor les entraba envidia.
Pero no podían con la tentación y andaban echando miraditas.
En el recreo, todos jugaban al pilla-pilla en el patio, o charlaban, o jugaban al fútbol.
Y entre todos ellos se veía siempre a una niña sola, apartada.
Solo aquella niña no hablaba nunca con nadie:
daba la impresión de no saber qué hacer.
Cada día, al pasar por delante de la escuela, las chicas marimo
se preguntaban qué tal estaría aquella niña.
Unas veces dibujaba en algo parecido a un cuaderno de bocetos,
y otras se quedaba simplemente de pie.
Aquella niña estaba siempre sola.
☆☆☆☆☆
Para que las dejaran hacer el «espectáculo marimo»,
las chicas marimo iban de posada en posada pidiéndolo.
Se dejaban ver en las posadas todos los días.
Claro que no era fácil conseguir trabajo, pero yendo a diario
a veces caía algo: sustituir a un cantante que se había puesto malo de repente,
o cubrir a una banda cuyo avión no había podido llegar por una tormenta.
Así conseguían algún bolo.
Pero últimamente no había suerte.
Día tras día recorrían las posadas y en todas las rechazaban.
Y siempre hay gente con mala idea.
Sin ninguna intención de darles trabajo, las tenían horas de pie en la entrada,
o hacían como que no veían a las dos pequeñas y les daban una patada.
Aquella vez, el señor de la posada
dio un portazo tremendo, «¡pam!», a las chicas marimo mientras se inclinaban.
Las dos se quedaron paralizadas del susto y se les saltaron las lágrimas.
Y entonces, de no se sabe dónde,
salió una señora mayor con un delantal amarillo y las consoló.
Y al despedirse les dio unos caramelos del bolsillo.
A las chicas marimo les parecía extraño,
pero volvían a casa siempre con el caramelo en la boca.
No todo el mundo tiene mala idea.
También hay gente buena.
☆☆☆☆☆
Aquel día las chicas marimo estaban visitando una posada nueva.
—¿Les apetece un espectáculo marimo? —Cantamos y bailamos.
Quien salió a atenderlas era un hombre todavía joven.
Y dijo, así, sin más: —Pues venid hoy a las seis de la tarde y lo hacéis.
Solo una vez, ¿eh?
Las marimo se quedaron un rato sin reaccionar,
pero enseguida se recompusieron y le dieron las gracias mil veces.
Una vez que tienen el espectáculo, ya está todo hecho.
Delante de un grupo que parecía la fiesta de empresa, fueron sacando canciones y trucos de magia.
Quizá por todo lo ensayado, el «espectáculo marimo» gustó mucho y les dieron un montón de propinas.
Al terminar, invitaron a las chicas marimo a la oficina
y les dijeron que querían programar el espectáculo de forma fija.
Las chicas marimo se pusieron contentísimas y dieron las gracias.
Y entonces el hombre joven dijo, de buen humor:
—Es que una señora me pidió tanto que os viera actuar… os vi. Y estuvo muy bien.
—¿La señora del delantal amarillo?
preguntó una de las marimo.
—Esa, esa. La abuela de los Hirata. La casa que está junto al lago.
A las dos no les cabía la emoción en el cuerpo.
Pidieron que les dibujaran un mapa y salieron corriendo de la posada.
En el sitio del mapa había una casita de madera vieja.
☆☆☆☆☆
Delante de la puerta de cristal esmerilado, las chicas marimo
gritaron con todas sus fuerzas: «¡Buenas noches!».
—¡Vaaa!
Y cuando abrieron la puerta, las chicas marimo se llevaron una sorpresa.
Era la niña que siempre estaba sola en la escuela.
La niña también se quedó sin palabras al ver delante a aquellas dos criaturas diminutas.
Entonces la señora del delantal amarillo asomó por detrás: «Anda, mira».
☆☆☆☆☆
La casa de la señora era una casa de madera vieja, de una sola planta.
En la sala de tatami donde las hicieron pasar había una cómoda antigua
y una mesita baja igual de antigua, y nada más.
—Vaya, ¿habéis venido a dar las gracias? —dijo la señora, y les preparó té.
La niña leía un libro, sola, en un rincón de la habitación.
A las marimo se les ocurrían muchísimas preguntas.
Por qué la señora trabajaba en tantas posadas distintas,
por qué llevaba siempre el delantal amarillo,
por qué estaba allí la niña que veían todos los días…
Pero las marimo no tienen labia y, sin saber cómo preguntarlo, se quedaron calladas.
La señora sonreía, pero tampoco decía nada,
así que solo se oía, muy fuerte, el tic tac del reloj.
Las chicas marimo, sin aguantar más el silencio, le dijeron a la niña:
—Te vimos en la escuela. —Siempre estás dibujando.
Pero la niña, sin levantar la vista del libro, solo dijo: «Ya».
Y otra vez solo se oyó el tic tac del reloj.
Las marimo pensaron que a lo mejor no lo habían pedido bien
y dijeron, inclinándose: «Cuéntanos qué dibujas, por favor».
Pero la niña hizo como que no las oía.
—Ay, ¿dibujas? ¿Y qué dibujas? —dijo la señora, echándoles un cable.
Y entonces la niña
se levantó de golpe
y les gritó a las marimo:
—¡Yo no dibujo nada!
Tanto la señora como las chicas marimo se quedaron de piedra.
☆☆☆☆☆
—Con lo que os ha costado venir, y mira… lo siento.
dijo la señora.
—En el fondo es muy buena niña, pero desde que vino a Akan no consigue hacer amigos.
La señora las acompañó un trecho del camino
y por el camino se enteraron de que la niña vivía separada de su madre, que estaba en Shiraoi.
Las dos entraron en casa sin decir nada.
Aquel día habían pasado muchísimas cosas.
Las chicas marimo se quitaron el gorro de marimo, lo dejaron en el estante y se metieron en el futón,
pero no había manera de dormirse.
En la oscuridad, una de las marimo dijo: «¿Será un dibujo de Shiraoi?».
«¿Será un dibujo de su madre?», contestó la otra.
Las dos pensaron que habían hecho algo malo.
☆☆☆☆☆
Las dos fueron al parque del barrio a ensayar «la torre marimo», el número grande del espectáculo.
Y allí estaba la niña.
Sentada sola en un banco, con su cuaderno de bocetos.
Las chicas marimo echaron a correr hacia ella.
—¡Las marimo dijimos algo malo!
—¡Perdónanos!
y le pidieron perdón llorando a moco tendido.
La niña les secó las lágrimas con el dedo, allí a sus pies, mientras ellas se disculpaban.
Y luego les dijo «mirad» y les enseñó el cuaderno.
Era un dibujo precioso.
Parecía que encima del lago hubiera un bosque y unas casas.
El cielo azul, la pradera verde y el lago hacían que el papel entero pareciera iluminarse.
En medio del lago había dibujado también algo parecido a una barca.
—Esto es Poroto Kotan, en Shiraoi —les explicó la niña.
—Qué bonito —dijeron las marimo, y la niña sonrió.
Las marimo le enseñaron el ensayo del espectáculo.
A la niña le encantó.
Y las marimo vieron por primera vez la cara de la niña riéndose.
De la alegría, las chicas marimo fueron sacando trucos de magia y canciones sin parar.
A la niña le impresionó lo en serio que se lo tomaban.
Como agradecimiento, la niña dijo que les contaría una historia curiosa.
Es una historia que la niña oyó de su madre, en Shiraoi.
☆☆☆☆☆
Koropokkuru significa «la gente que vive bajo las hojas de fuki».
Nadie había visto nunca a un koropokkuru y, sin embargo, todos los conocían.
Porque cuando la gente no tenía qué comer, sin saber cómo,
los koropokkuru les traían comida.
Por eso todos, aunque les pareciera un misterio,
se lo contaban de padres a hijos con mucho agradecimiento.
Un día, un joven dijo:
—¿Qué son los koropokkuru? ¡Es muy raro que nadie los haya visto nunca!
Y el anciano del pueblo le respondió:
—Por algo será. Lo correcto es dejarlos en paz.
para hacerle entrar en razón.
Pero el joven no hizo caso.
—No. Yo pienso verlos como sea.
Volvió a su casa y escondió toda la comida.
Y después dijo en voz muy alta: «Ay, qué hambre. Como no hay nada de comer, me voy a dormir»,
y se tumbó en el suelo.
Ya bien entrada la noche,
el joven vio por la ventana la cola de un pez.
(Han venido de verdad.) El joven se quedó asombradísimo.
Por la ventana iban empujando el pez poco a poco hacia dentro.
Con el corazón a mil, el joven contuvo la respiración y se acercó debajo de la ventana.
Al fijarse bien, vio unas manos pequeñísimas sujetando el pez.
El joven agarró aquellas manos sin pensarlo.
Se oyó un gritito: «¡Ay!».
Y tiró de un cuerpo diminuto hacia dentro de la casa.
El joven vio entonces su figura.
Era una niña pequeñísima.
De verdad tenía el tamaño justo para vivir bajo una hoja de fuki.
Mientras el joven se quedaba sin voz,
la niña le dijo con cara triste:
—Los dioses nos dijeron esto:
«Si hay alguien que pasa apuros porque no pesca, ayudadle.
Pero que no os vean. Porque si os ven, seguro que no os dejan volver».
Y la niña siguió:
—Como me has visto, ya no puedo entrar más aquí.
Dicho esto, la niña salió corriendo hacia fuera.
El joven, atónito por todo aquello, se quedó mirando cómo se alejaba.
Y desde entonces, quizá porque de verdad se marcharon,
nadie ha vuelto a ver a ninguno.
(Tomado de la leyenda ainu de los koropokkuru)
—Fin —dijo la niña.
☆☆☆☆☆
—¡La niña de debajo de la hoja! —se asombraron las marimo.
—A que es buena —presumió la niña.
—¡Qué susto! —dijo una marimo levantando la mano.
—¡Yo también me asusté! —dijo la niña.
Las tres se echaron a reír a carcajadas.
Ya eran amigas del todo.
Pero de pronto la niña bajó la cara.
Unos compañeros de su clase las estaban mirando.
Las marimo se inclinaron para no ser maleducadas, pero los compañeros se reían con sorna.
—Vámonos —dijo la niña, y cuando iban a salir del parque se oyeron risas detrás.
—Como en tu casa sois pobres, no vas a poder ir al viaje de fin de curso —oyeron.
Las risas de los compañeros llenaron el parque; la niña las ignoró y siguió andando deprisa.
Las marimo la siguieron, pero la niña también las ignoró y se fue.
Sin poder alcanzarla, las marimo gritaron: «¡Hasta mañana!».
Pero la niña se marchó sin más.
☆☆☆☆☆
—Ah, los Hirata. Qué mala suerte, con la abuela ingresada además.
dijo el cartero.
Este cartero es un hombre muy hablador y muy buena gente,
que se pasa por casa de las marimo incluso cuando no hay correo.
—¿Ingresada…?
—Es que esa abuela hace tres trabajos al día, a su edad.
Para pagarle a la nieta el viaje de fin de curso. Y al final el dinero se le va en el hospital.
Cuando el cartero se fue, las chicas marimo se quedaron calladas.
La abuela estaba ingresada y la niña no había podido ir al viaje.
Las dos estaban pensando en la historia de los koropokkuru.
☆☆☆☆☆
Las chicas marimo trabajaron como locas.
Hacían varias funciones al día y, entre una y otra, seguían buscando trabajo.
Es que no tenían tiempo.
Cuando llevas varias noches sin dormir pasa una cosa rara: dejas de notarte la punta de los dedos
y se te duermen los hombros y no puedes moverlos.
Aun así, las dos siguieron trabajando.
Cuando no podían mover las manos, cambiaban el número por canciones,
y cuando se quedaban sin voz, hacían un espectáculo de mimo.
☆☆☆☆☆
—¿Una gira en Shiraoi? —la niña abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que vais a actuar en Shiraoi? —preguntó emocionada.
—Las marimo tenemos un problema —dijo una de ellas.
—No sabemos coger el autobús —dijo la otra.
—Pero si es facilísimo: al bajar, das el billete —dijo la niña.
—Las marimo no conocemos Shiraoi.
—Ven con nosotras a Shiraoi.
El plan de las chicas marimo era este:
mentir diciendo que las habían invitado a actuar en Shiraoi.
Que la niña fuera con ellas y, mientras la escuela estaba de viaje de fin de curso,
llevarla a Shiraoi y que pudiera ver a su madre.
Así tampoco tendría que faltar a clase.
—Pero no tengo dinero —dijo la niña.
—El autobús lo paga Shiraoi —dijo una marimo levantando los brazos.
—¿El mío también? —preguntó la niña, insegura.
—También el de la mánayer —dijo la otra levantando los brazos.
La niña, encantada, dijo «se lo voy a decir a la abuela» y volvió a casa.
Ya solo quedaba el precio del autobús.
Las chicas marimo cogieron todo el dinero que tanto les había costado ganar
y se fueron a buscar un autobús a Shiraoi.
☆☆☆☆☆
—Dos marimo y una niña, por favor.
—Del que va de Akan a Shiraoi, por favor.
dijeron las chicas marimo.
El conductor se sorprendió al ver a aquellas criaturas diminutas delante,
pero se acordó de que unos compañeros habían hablado de «las chicas marimo».
—A ver… Las dos marimo contarán como dos niñas. Tres en total, ¿no?
y leyó la tabla de precios de su libreta.
—Ida y vuelta infantil, 6.000 yenes. Por tres, 18.000.
Las chicas marimo se quedaron heladas.
Porque el dinero que habían juntado a duras penas era 8.251 yenes.
Ni para la ida y vuelta ni para un solo trayecto.
Pero no podían rendirse ahí.
—Haremos el espectáculo marimo en el autobús.
—Lavamos el autobús y lo sacamos brillante.
—¡Llévenos a los tres con esto, por favor! —y le tendieron el dinero todo arrugado.
☆☆☆☆☆
—Miyuki, ponme tres billetes infantiles de ida y vuelta Akan–Shiraoi.
dijo el conductor, y puso el dinero en la ventanilla.
—¿Eh? Señor Tanaka, ¿y usted por qué compra billetes? —preguntó la chica de la ventanilla.
«Pues verás…», y el conductor le contó lo que le habían dicho las marimo.
La chica, que al principio escuchaba por curiosidad,
acabó diciendo «¡pare, por favor, que yo con estas cosas no puedo!» mientras le caían las lágrimas.
—Bueno, es que llevaba justo diez mil en la cartera.
Mejor esto que gastármelo en el bar, ¿no? —dijo el conductor rascándose la cabeza.
☆☆☆☆☆
El autobús interurbano de Akan a Shiraoi
sale de Akan a las once de la noche y llega a Shiraoi a las seis de la mañana.
Cuando las chicas marimo y la niña subieron,
el autobús arrancó en silencio siguiendo la orilla nocturna del lago Akan.
Por aquella zona, a las once de la noche ya han apagado las luces de las tiendas
y todo queda sumergido en oscuridad.
En cuanto arranca, el autobús interurbano apaga las luces de dentro.
Va rodando toda la noche y los pasajeros se despiertan ya en su destino.
Aunque apagaron las luces, las tres seguían con los ojos abiertos.
La niña miraba por la ventana la oscuridad difusa,
hasta que susurró: «Venga, a dormir, que por la mañana hay que revisar el local».
Las chicas marimo estaban pensando en aquella gira de Shiraoi que no existía.
Como para sacarla de allí habían dicho aquello de la mánager,
la niña se lo había tomado muy en serio.
Ya en Akan, su propio pueblo, les cuesta encontrar un sitio donde actuar.
¿Cómo iban a plantarse en un pueblo desconocido y montar un espectáculo marimo así, de golpe?
Y aunque pudieran, ¿iría alguien a verlo?
Las chicas marimo le daban vueltas y vueltas a todo esto.
Dentro del autobús la temperatura era la justa, ni calor ni frío.
El conductor, pensando en los pasajeros, conducía con cuidado y sin ruido,
y una vibración agradable envolvía el interior.
Una de las marimo cerró los ojos.
La otra pensó que ojalá el autobús siguiera rodando para siempre.
Mientras pensaba eso, el sonido del autobús cambió.
Habían entrado en un túnel.
Los túneles de noche son una cosa extraña.
Dentro todo está hecho de luz naranja y, aunque sea de noche, hay claridad.
Por la ventana entra el naranja una y otra vez y se va enseguida, con mucha prisa.
Da la sensación de que se baja y se baja, sin parar, hacia abajo.
A lo mejor así se llega a algún sitio misterioso bajo tierra.
La otra marimo cerró también los ojos.
El autobús seguía bajando y bajando por el túnel.
Y de tanto bajar llegó a las venas de agua subterráneas,
y por la ventanilla pasaban burbujas con una luz apagada dentro.
Y aun así el autobús seguía avanzando bajo tierra
hasta que, con un «¡plop!» enorme de aire, lo escupieron al fondo de un lago.
El fondo del lago brillaba azul, sin un temblor, con un agua silenciosa y solemne.
Allá arriba, muy lejos, se veía un puntito de luz verde: el lago Akan.
Y si movías un poco los ojos, se veía el lago de Poroto Kotan como un punto de luz azulada.
El lago Akan y el lago Poroto estaban unidos.
Si supieras nadar, a lo mejor podrías ir y venir siempre que quisieras……
☆☆☆☆☆
—¡Ya estamos en Shiraoi!
Las chicas marimo se despertaron con la voz de la niña.
Sin darse cuenta, las dos se habían quedado dormidas.
El autobús de verdad iba por la costa de Shiraoi
y la luz de la mañana brillaba en las olas.
—¡Qué recuerdos!
decía la niña con la frente pegada a la ventanilla, admirada.
«Gracias por su viaje. En breve llegaremos a Shiraoi»,
se oyó por la megafonía del autobús.
(Ya hemos llegado.)
Y a las marimo se les hizo un nudo en el estómago.
Si encontrarían un sitio donde actuar, si la niña descubriría la mentira…
de pensarlo, las dos se quedaron calladas.
El autobús se detuvo con un resoplido de aire.
Seguro que la niña
encontraría raro que no hubiera nadie esperándolas al bajar.
Y si preguntaba, ¿qué le iban a contestar?
Mientras las chicas marimo se hacían un lío sin decidir nada,
la niña, viéndolas así, las cogió en brazos y se dirigió a la puerta.
Cuando la niña iba a sacar los billetes del bolsillo, el conductor miraba afuera con cara de pasmo.
Fuera del autobús
había gente esperando con un cartel hecho a mano que decía
«Bienvenidas, chicas marimo y compañía».
☆☆☆☆☆☆☆☆☆☆☆☆☆☆☆
En realidad había pasado lo siguiente.
Volvamos un poco atrás, a Akan, antes de que saliera el autobús.
Justo después, en la taquilla.
—¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Estás llorando? —preguntó el señor Sasaki, jefe de la delegación de Akan.
El jefe Sasaki era tan estricto que todos lo llamaban «el ogro»,
pero si un empleado llora, no puede quedarse de brazos cruzados.
Entre lágrimas, la chica de la taquilla se lo contó todo.
Y como era muy sentimental, cuanto más contaba, más lloraba.
El jefe Sasaki la escuchó sin decir nada y luego,
—Sécate las lágrimas y vuelve al trabajo.
fue lo único que dijo antes de meterse en su despacho.
Y allí se puso a consultar no se sabe qué.
☆☆☆☆☆
—Cómo tarda —murmuró el señor Nakamura.
Llevaba un rato pensando en irse en cuanto acabara aquella llamada,
pero la llamada no se acababa nunca.
El señor Kaneko, que era quien atendía, no paraba de inclinar la cabeza.
Tenía en la mano unos faxes que acababan de llegar y contestaba «sí, sí»
mientras tomaba notas.
(Debe de ser alguien importantísimo), pensó el señor Nakamura.
La delegación de autobuses de Shiraoi es un sitio tranquilo,
así que todos menos ellos dos se habían ido a casa puntuales,
y solo se oían las respuestas del señor Kaneko.
—Sí, entendido. Sin falta. Sí, déjelo en mis manos.
Y el señor Kaneko colgó.
—¿Quién era? —preguntó el señor Nakamura mientras se echaba la mochila al hombro.
—El ogro de Sasaki —contestó el señor Kaneko.
—¿El señor Sasaki, el de Akan? —se sorprendió el señor Nakamura.
La fama del ogro de Sasaki llegaba también a la delegación de Shiraoi.
—Me ha pedido un favor. ¿Me echas una mano?
—¿De qué se trata?
—Nakamura, ¿tú conoces a alguien en el ayuntamiento de Shiraoi?
—¿En el ayuntamiento? Tengo un compañero más joven en turismo. Hasta tengo su móvil.
—Pues que nos monte un sitio para un espectáculo marimo, aunque sea de mentira.
☆☆☆☆☆
Quien lleva el cartón de «Bienvenidas, chicas marimo y compañía» es el señor Nakamura.
(En realidad lo hicieron a mano su mujer y él.)
El señor Kaneko lleva unos folletos caseros del «espectáculo marimo».
Y habían venido a recibirlas varias personas más, algunas con dulces en la mano.
La noche anterior, los dos habían llamado a todos sus conocidos para pedirles ayuda.
—Vengan, primero les enseñamos el local —les dijo el señor Kaneko
a las chicas marimo y a la niña.
Con el señor Nakamura delante levantando el cartón, detrás las chicas marimo y la niña,
y al final el señor Kaneko repartiendo folletos, echaron a andar.
Las marimo no entendían cómo había pasado todo aquello.
Al mirar hacia arriba, vieron a la niña saludando con la mano a una señora asomada
a la ventana de un primer piso y a un gato dormido.
La señora también las miraba sonriendo.
Julio en el pueblo de Shiraoi era una delicia.
Las chicas marimo y la niña caminaban con la cabeza bien alta.
Con el viento del mar, los árboles de la calle hacían un ruidito agradable.
Las calles tranquilas por las que pasaban tenían un aire entrañable y familiar.
Caminando bajo un sol de tarde templado y agradable,
las chicas marimo pensaron que había valido la pena venir a este pueblo.
Cruzaron el paso a nivel, pasaron junto al santuario
y apareció un edificio de piedra.
—Esto se llama KURA. Es un almacén de piedra de más de cien años
que rehabilitamos como sala de eventos.
Hagan el espectáculo marimo en esta sala principal, por favor.
☆☆☆☆☆
La sala estaba llena.
Las chicas marimo hicieron
sus canciones de siempre, los trucos de magia y «la torre marimo», que es como una figura de gimnasia.
Entre un montón de aplausos, al mirar al público vieron a la niña saludando con la mano junto a su madre.
El público
había ido porque la noche antes les habían llamado
para decirles «vamos a hacer un espectáculo de mentira, a ver si podéis venir».
Pero ¿qué había de mentira en aquello?
Las chicas marimo, la niña, su madre y el público estaban todos entregados.
Todos se olvidaron de la hora con aquel espectáculo maravilloso
y aplaudieron sin parar.
☆☆☆☆☆
A la mañana siguiente.
La mañana de verano de Shiraoi estaba tan tranquila
que hasta las flores rojas de los parterres de la calle parecían contentas.
Las chicas marimo, la niña y su madre, todas de la mano,
esperaban a que llegara el autobús.
La hierba verde hacía su ruidito.
Las tres tenían en la boca los caramelos que les dio la madre de la niña.
Al cabo de un rato llegó el autobús.
Se abrió la puerta y una voz amable dijo: «Con destino a Akan».
Era otra vez aquel conductor.
Las chicas marimo se quedaron mirando la cara de la niña y de su madre.
La madre aguantaba como podía las lágrimas que estaban a punto de salir.
Y entonces la niña
—Es que yo soy la mánager de estas dos, tengo que ir.
dijo.
Su madre asintió muchas veces.
Y dijo: —Volved a Shiraoi a actuar otra vez, ¿eh?
Tanto la niña como las chicas marimo asintieron con fuerza.
Y así, el autobús echó a andar hacia Akan.
El autobús va por la costa de Shiraoi.
Todas juntas, escuchando el ronroneo tranquilo del motor,
miran cómo se mueven las nubes.
—Volvamos otra vez —dijo la niña, casi en un susurro.
Al levantar la vista para contestarle, la niña ya respiraba despacito, dormida.
Las chicas marimo se quedaron mirando el cielo de verano mientras la oían dormir.
Fin.
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