01 Recuerdos de las chicas marimo
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Esta historia me la contó, cuando yo era pequeño,
un tío mío que vivía junto al lago Akan.
(Por cierto, mi tío murió hace algún tiempo.)
Yo iba a primaria y fui de vacaciones de verano con mi familia a casa de aquel tío,
pero no entendía en absoluto qué tenía de bonito Akan, un sitio turístico, y me sobraba el tiempo.
No había cómics, ni televisión, ni videojuegos.
Tampoco es que me volvieran loco los cómics, la tele o los videojuegos,
pero cuando uno se aburre así, de pronto le entran unas ganas enormes.
Aun así, yo presumía de ser un niño obediente,
y como los otros parientes que también habían ido a pasar las vacaciones
decían de mí que era «un niño tranquilo»,
no monté ninguna pataleta.
Además, me parecía poco elegante enseñar lo que sentía,
así que con unas cuantas frases de cortesía y alguna sonrisa forzada
pensaba que nadie se daría cuenta de lo aburrido que estaba.
Pensando que, si pasaba allí una noche más, al día siguiente podríamos volver a casa,
me quedé mirando el lago desde la terraza con mi aburrimiento bien guardado.
—¿Te aburres, en un sitio donde no hay nada?
Mi tío me habló de repente.
Yo fingí tranquilidad y contesté: «Qué va».
—¿Te cuento una historia curiosa, para matar el aburrimiento?
Y entonces mi tío me contó esta «historia rara».
Ahora que soy adulto, cada verano me acuerdo de ella de vez en cuando.
Esta historia me hizo imaginar cosas, inventarme cómo seguiría,
y me lo pasé muy bien con ella.
Para que otras personas puedan disfrutarla también,
he decidido escribir aquí aquella «historia rara».
Creo que, si consigo que la conozca un poco más gente,
a mi tío de Akan también le haría ilusión.
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El agradecimiento de los marimo
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En medio del lago Akan flota una isla que se llama Chūrui.
Allí no hay más que un «Centro de observación del marimo» sin nadie dentro; nada más.
En esa isla desierta vivían las chicas marimo.
Poco a poco se irá entendiendo por qué vivían en un sitio tan apartado.
Las chicas marimo son dos niñas pequeñas que trabajan de geishas en el pueblo termal de Akan.
Pequeñas, digo, pero no pequeñas como cualquiera:
medirán unos 25 centímetros.
Llevan una ropa parecida a un chándal de gimnasia y un gorro verde de fieltro.
Todos los días cogían el barco turístico desde la isla Chūrui hasta el pueblo termal
y se ganaban la vida actuando para los turistas en el salón de banquetes de una posada.
Pero como todo su repertorio eran
«tres trucos de magia» que les había enseñado un espectador
y «tres canciones» compuestas por ellas mismas, casi no tenían público.
Los clientes que al principio miraban por curiosidad
se aburrían enseguida y se ponían a hablar a voces;
los niños les tiraban del gorro para quitárselo,
y algún borracho les gritaba que se callaran.
Muchas veces no conseguían terminar el espectáculo.
Como no tenían público, el espectáculo de las marimo siempre era gratis.
Vivían de las propinas que les daban los clientes,
pero casi nunca les daban nada, y pasaban mucha necesidad.
La primera persona que las entendió fue el cocinero de la posada.
Fue también la primera persona de la posada a la que conocieron.
El cocinero salía por la puerta de atrás para ir a comprar el género
cuando las chicas marimo se le acercaron a ofrecerse.
El cocinero se fue al pueblo sin hacer el menor caso a aquellas dos criaturas.
Cuando volvió con la compra, las chicas marimo seguían allí.
Aquel día había un gran banquete y el cocinero, que estaba solo, iba de cabeza.
Una cosa detrás de otra: pelar verduras, montar el sashimi, asar pescado, cocinar sin parar.
Consiguió sacar adelante el banquete y, ya de madrugada, mientras recogía solo la cocina,
se acordó de pronto de aquellas cosas pequeñas de por la tarde.
Salió fuera con la excusa de fumar y las dos seguían allí.
—¿Les apetece un bonito espectáculo? —¡Cantamos de maravilla!
El cocinero volvió a mirar a las dos pequeñas.
Las dos llevaban la ropa negra de suciedad, la cara tiznada y, encima, iban descalzas.
Pero los ojos los tenían completamente serios.
El cocinero frunció el ceño y apartó la mirada:
—Ay, ya va siendo hora de vaciar el baño y limpiarlo —murmuró.
—Con lo limpia que está todavía el agua, da pena tirarla.
Y dicho esto se metió dentro, dejando la puerta abierta.
Las chicas marimo entraron con mucho cuidado.
Entonces el cocinero dijo:
—Ahora mismo, si alguien se metiera en el baño, nadie se enteraría.
Y se fue hacia el fondo, hacia el baño grande.
Las dos lo siguieron otra vez con mucho cuidado.
Al llegar delante del baño, el cocinero colgó en la entrada el cartel de «en limpieza».
Y diciendo «todavía tengo cosas que hacer, ya limpiaré luego»,
volvió a la cocina.
—¿Qué significa esto?
—No tenemos dinero.
Dudaron un poco, pero como ellas mismas pensaban que ir tan sucias no estaba bien,
las chicas marimo se decidieron y se dieron un baño.
Al salir del baño había una bandeja pequeña con comida para las dos.
Y además la ropa que llevaban estaba lavada y tendida,
y en su lugar habían dejado dos pañuelitos con el símbolo de las aguas termales.
Las dos se envolvieron en los pañuelos y se sentaron delante de la comida.
Entonces entró el cocinero y,
diciendo «qué raro, se me ha ido la mano y he hecho comida de más»,
se fue a limpiar el baño.
Las chicas marimo hicieron una reverencia muy larga y se comieron aquella comida.
* * *
A partir de entonces, gracias a la insistencia del cocinero,
les dejaron hacer su espectáculo en el salón de banquetes de aquella posada.
A la dueña y a las camareras no les hizo ninguna gracia,
pero, para no enfadar a un cocinero tan bueno, lo aceptaron a regañadientes.
El espectáculo de las marimo casi nunca gustaba,
pero muy de vez en cuando había alguien a quien le encantaba.
Un estudiante de Tokio que estaba de viaje
les enseñó tres trucos de magia sencillos para agradecerles la función.
Pero el mejor recuerdo de todos fue el de una mujer preciosa a la que emocionó el espectáculo:
les dio de propina un anillo de esmeralda de verdad.
Aquella noche las chicas marimo no pudieron dormir de la emoción.
Al terminar cada función, el cocinero decía siempre:
—Anda, otra vez he hecho dos raciones de más.
Y luego: —¿Coméis?
Las chicas marimo hacían siempre una reverencia larguísima antes de comer.
Como dormitorio les asignaron el armario empotrado del cuarto de las camareras.
Pero a las camareras y a la dueña, las chicas marimo les caían fatal.
* * *
Las chicas marimo, como siempre, terminaron la función,
hicieron su reverencia al cocinero, comieron
y se metieron en el armario.
Y todas las noches, antes de dormir, comentaban cómo había ido el espectáculo.
—La canción no ha salido bien.
—Hay que ensayar más.
Las dos empezaron a cantar con la voz más bajita que podían.
—♪ el marimo es verde, el cielo es azul marino, el agua es…
—¡Callaos ya! —gritó una de las camareras, y dio una patada al armario.
Las chicas marimo se llevaron un susto enorme.
En un pueblo turístico pequeño, dentro de un mundo aún más cerrado,
a veces surgen roces y hasta acoso.
Y allí, por lo visto, las elegidas como blanco habían sido las chicas marimo.
Esta vez, con la voz todavía más bajita, dijeron:
—Vamos a ensayar la magia.
Pero el vaso que usaban para ensayar, guardado en un rincón, no estaba.
Tampoco estaban los pañuelos que había al lado.
—Es ver a esas marimo tontas y me pongo de los nervios —dijo una camarera.
—Yo las hundiría en el lago —dijo otra, y volvió a patear el armario.
Las chicas marimo pensaron:
algún día haremos un espectáculo del que nadie pueda reírse.
Vamos a buscar un sitio donde podamos ensayar siempre que queramos.
Aquella noche, sin que nadie las viera,
las dos salieron a escondidas de la posada.
* * *
Las chicas marimo se acordaron de la isla Chūrui, en el lago Akan,
a donde el cocinero las había llevado una vez.
Allí el barco turístico iba y venía con regularidad,
y por la noche no había nadie.
Si iban por la mañana y volvían de noche, podían seguir con el espectáculo.
Las dos fueron al embarcadero.
Y a la señora que estaba allí le dijeron:
—¿Nos deja subir al barco?
—No tenemos dinero, pero podemos ayudar.
La señora se rio por la nariz y dijo: «Seréis tontas».
—¿Dónde se ha visto que a alguien lo lleven gratis? Si queréis subir, traed dinero.
—Que yo también me deslomo, ¿eh? ¿Y encima gratis? No me toquéis las narices.
Las dos se dieron la vuelta arrastrando los pies.
Entonces la señora las llamó de pronto: «Eh, vosotras».
—¿Qué es eso que lleváis colgado del cuello? Dádmelo.
Era el anillo de esmeralda de verdad que les habían dado de propina.
El único bien que tenían las chicas marimo.
Dudaron un poco, pero no les quedó más remedio que dárselo.
La señora lo miró de cerca, muy fijamente.
—Bah, no vale gran cosa.
Eso decía con la boca, pero los ojos le brillaban de gusto.
—Si me lo dais como pasaje, por caridad os dejaré subir.
Al oír aquello,
«Muchas gracias», dijeron las dos, y se inclinaron.
—Os ponéis en la bodega, con los bultos —dijo la señora.
* * *
El verano corto de Hokkaidō se terminó
y los árboles de la isla Chūrui se fueron tiñendo de otoño.
Cuando acabe el otoño llegará el invierno en un abrir y cerrar de ojos:
las chicas marimo tenían que empezar a prepararse.
Lo primero, la cama.
En verano una cama se apaña de cualquier manera,
pero en invierno, con la nieve y el frío, si no preparaban un sitio decente para dormir
las dos se morirían sin más.
Un día, las chicas marimo encontraron una caja de madera grande y algo sucia a la orilla de la isla.
Al verla dieron saltos de alegría.
¡Era perfecta para pasar el invierno!
Enseguida le quitaron toda la suciedad y la frotaron hasta dejarla reluciente.
Dentro apilaron hojas blandas, capa sobre capa,
y encima pusieron una piedra para que el viento no se llevara la caja entera.
Por último colocaron sus dos mejores muebles: dos sillas de piel, una al lado de la otra.
(Estas sillas eran el tesoro que les regaló el cocinero cuando se mudaron.)
Las dos se sentaron y se quedaron mirando el lago Akan en calma.
El agua devolvía la luz en destellos: era un paisaje precioso.
A las dos les habría gustado quedarse así para siempre.
* * *
Las chicas marimo ya tenían resuelto dónde dormir en invierno,
pero les quedaba otro objetivo importante para prepararse.
Querían reunir algo de dinero antes del invierno y comprarse ropa de manga larga.
Como solo tenían ropa fina y sin mangas,
incluso en otoño, los días fríos se les ponía la piel de gallina y temblaban.
El espectáculo seguía sin gustar demasiado,
pero aun así conseguían alguna propina.
A ese paso, a lo mejor podrían comprarse hasta una manta antes del invierno.
Pero había una trampa con la que no contaban.
Las chicas marimo iban, como siempre, metidas en la bodega del barco turístico.
Entonces llegó la señora del barco y les puso encima los bultos a propósito.
—Ay, cómo estorbáis —dijo la señora.
Y en ese momento no se le escapó una moneda que se les cayó de las manos.
—¡¿Teniendo dinero habéis estado subiendo gratis todos los días?! —gritó.
—El anillo… —dijo una marimo.
—¿Cómo que el anillo? ¿Os creéis que con esa baratija podéis viajar toda la vida?
Baratija, decía, y sin embargo llevaba el anillo puesto todos los días.
Las dos sabían que decir aquello allí no serviría de nada,
así que bajaron la cabeza y se callaron.
—Venga, sacadlo todo, es el pasaje.
Y así les quitaron todo el dinero que tenían.
Y sin poder comprarse la ropa de invierno, llegó el invierno que tanto temían.
* * *
A final de año todo el mundo va de cabeza.
Y el cocinero más que nadie: trabajaba sin parar,
hasta quitándose horas de sueño.
De que las chicas marimo iban y venían temblando, sin mangas,
con tanto trabajo no se dio cuenta en absoluto.
Y un día pasó lo siguiente.
Habían terminado el espectáculo como siempre, habían comido
y, cuando se inclinaban para despedirse de la posada,
oyeron a las camareras cuchicheando.
—…parece que al final trasladan al cocinero.
—A la casa principal, en Tokio. Claro, como se ha ido aquel director…
—Normal, ¿no? Si es buenísimo.
—Pero, mujer, con lo que es volver a la casa principal, qué vergüenza ir con ese cuchillo.
—¿Qué le pasa al cuchillo?
—En esta posada hay mucha gente presumida, ya sabes.
—Por eso todos los cocineros usan cuchillos nuevos, relucientes.
—Y él es de los que pasan de esas cosas.
—Pues por eso mismo lo mandaron aquí, digo yo.
—Aquí como está él solo, da igual…
—Y encima qué prisas: dicen que solo le quedan tres días.
Las chicas marimo se quedaron de piedra.
Si el cocinero se iba, seguramente ya no las dejarían actuar,
y tampoco volverían a comer la comida que siempre hacía «de más».
Pero, sobre todo,
se les cayó el alma a los pies al pensar que se iba el cocinero, al que tanto querían.
Aquel día las dos estuvieron todo el rato calladas.
Aunque la señora del barco les soltó alguna pulla, no dijeron nada y siguieron cabizbajas.
De vuelta en su cama, temblando de frío,
empezaron como siempre a comentar el día.
—Me he caído en medio del baile.
—La magia no la ha mirado nadie.
Las dos se quedaron calladas.
—Vamos a dejar tranquilo al cocinero.
—Vamos a hacer un buen espectáculo.
Las dos decidieron que harían un gran espectáculo
y le regalarían un cuchillo nuevo al cocinero, que tanto las había ayudado.
Decidido esto, ensayaron con más ganas todavía.
♪ el marimo es verde, el cielo es azul marino, el agua es del color del cielo…
Del cielo negrísimo seguía cayendo la nieve, callada, y la noche se hacía más profunda.
* * *
Las chicas marimo cogieron los folletos del espectáculo que el cocinero les había hecho hacía tiempo
y se fueron a ofrecerse a otras posadas y hoteles del pueblo termal de Akan.
—¿Les apetece un bonito espectáculo?
—Cantamos y hacemos magia de maravilla.
Pero, o era mala época,
—¡Ay, que estamos ocupadísimos, fuera, fuera!
o adonde fueran nadie les hacía caso.
Probaron por todas partes, pero nada.
Aun así, las chicas marimo no se rindieron.
Volvían a la isla Chūrui, pasaban la noche en su caja de madera
y al amanecer salían otra vez a caminar por la nieve sin mangas y con pantalón corto.
Como en el pueblo termal de la orilla las habían rechazado en todas partes,
no les quedó más remedio que ir a ofrecerse lejos del pueblo.
Aquel día llegaron bastante lejos, pero no consiguieron nada.
Se hizo de noche y las dos estaban pálidas de frío.
Cuando volvían hacia el embarcadero para regresar a la isla Chūrui,
vieron un edificio viejo al final de un camino que se apartaba del lago.
Tenía las luces encendidas y parecía haber alguien dentro.
Por probar, las dos se acercaron a la entrada a ofrecer su espectáculo.
Como no llegaban al timbre, gritaron «¿hay aguien en caja?» «¿hay aguien en caja?»
una y otra vez desde la puerta.
No salía nadie, y cuando ya pensaban que no había nada que hacer, la puerta se abrió.
Era una señora mayor de aspecto amable.
—Vaya, vaya, niñas, ¿qué os pasa?
—¿Le apetese un bonipo epectáculo?
—Canpamo y haysemo magsia.
Quien haya pasado mucho rato fuera en un invierno del norte lo sabrá:
del frío te tiembla la mandíbula y no puedes hablar bien.
Las dos chicas marimo estaban heladas, casi al límite.
Y entonces se desmayaron de golpe.
* * *
El chisporroteo de la leña despertó a las dos chicas marimo.
Estaban envueltas en la misma manta, tumbadas en un sillón delante de la chimenea.
La señora mayor se había puesto las gafas y miraba el folleto del espectáculo.
Las dos, viendo que era su oportunidad, se levantaron de un salto y empezaron la función.
—De aquí para allá, hasta el lago Akan. Esta noche las marimo estamos estupendas.
Y se inclinaron.
—Vamos a cantar una canción.
—♪ el marimo es verde, el cielo es azul marino, el agua es del color del cielo
—♪ el marimo camina, tap, tap, tap, hasta la montaña de fuego ♪
La señora mayor se quedó mirándolas fijamente.
Las dos, que tenían decidido mostrarse seguras encima del escenario,
sacaron pecho.
Esta canción y esta magia las habían ensayado día tras día.
Entonces la señora mayor dijo, sonriendo:
—Sois monísimas las dos.
—Mañana tenemos la fiesta de Navidad del club de mayores. ¿Querríais actuar?
Las chicas marimo contestaron «¡sí!» con todas sus fuerzas.
* * *
Al día siguiente, al ver el escenario de la fiesta de Navidad, las chicas marimo se asustaron.
No se imaginaban que fuera a ser un escenario tan grande.
Era el gran salón de banquetes del hotel grande, el primero que las había rechazado.
Y resulta que lo habían alquilado entero para la fiesta.
Al verlas tan impresionadas, la señora mayor les preguntó:
—Niñas, ¿estáis bien?
Pero, en cuanto empezó la función, el espectáculo fue un éxito enorme.
Había más de trescientas personas y todas las animaban.
Las chicas marimo dieron todo lo que habían ensayado.
Y de propinas recogieron muchísimo, muchísimo dinero.
Con eso podían comprarle el cuchillo al cocinero.
Y con la vuelta, ropa de invierno y mantas para ellas.
Las chicas marimo le dieron las gracias a la señora mayor y salieron corriendo del hotel.
El cocinero se iba al día siguiente.
Tenían que comprar el cuchillo antes de que cerraran las tiendas.
Pero ya eran las once de la noche.
En aquel pueblo termal, a esas horas solo estaban abiertos
los bares y los hoteles.
Llegaron delante de la ferretería y gritaron: «¡perdooone!».
Por supuesto, nadie contestó.
Entonces probaron con un «¡peeerdone!».
Nada.
Y después con un «¡perdoneee!».
Por mucho que gritaran y de cualquier manera que lo dijeran, no salió nadie.
* * *
Las chicas marimo volvieron arrastrando los pies.
—¿Qué hacemos? —dijo una.
—Si volvemos, nos quitan el dinero —dijo la otra.
—Pero si dormimos fuera, nos morimos.
—No queda otra que volver.
—Allí están las sillas que nos regalaron.
Después de darle muchas vueltas, decidieron volver a la isla Chūrui.
Escondieron el dinero dentro de los gorros.
Pero los gorros se les abultaban de una manera muy rara.
Las dos fueron hacia el barco.
«Con su permiso», saludaron como todos los días
e intentaron pasar por la pasarela. No llevaban nada en las manos.
—Un momento.
dijo la señora.
—¡¿Cuántas veces os lo tengo que decir?! —gritó.
—¡Sacad ahora mismo lo que lleváis ahí escondido!
La señora gritaba de tal manera que se formó un pequeño corro de gente.
Las dos negaron con la cabeza: no querían.
Las monedas sonaron, tin, tin.
La señora tiró del gorro a la fuerza.
Las dos se resistieron, pero el broche del cuello se rompió
y se quedó con el gorro. Y lo de dentro se derramó por el suelo.
—Habérmelo dado a la prime… —empezó la señora, y se quedó sin aire.
Allí había, así a ojo, varios cientos de miles de yenes.
—Yo llevo cuidando de vosotras un montón de tiempo.
—¡Con esto ni siquiera me llega!
Y la señora se puso a recoger el dinero a toda prisa.
Entonces, desde el corro de gente, se oyó una voz.
—¿Ocurre algo? —Era aquella señora mayor.
Las chicas marimo creyeron que les hablaba a ellas, pero no.
Se lo decía a la señora del barco.
La señora del barco se puso pálida y dijo:
—No, presidenta…
—Dame lo que tienes en la mano —dijo la señora mayor.
A regañadientes, le entregó el gorro y el dinero.
Y entonces la señora mayor dijo:
—Yo soy amiga de estas niñas.
La señora mayor era la gran dama de los negocios del lago Akan:
tanto aquel barco turístico como el hotel grande donde habían actuado las marimo
eran suyos.
Así fue como las propinas volvieron sanas y salvas a manos de las dos.
Y la señora mayor hizo levantarse al ferretero, al sastre y al de la tienda de telas,
y consiguieron, ese mismo día, el cuchillo y la ropa de invierno.
* * *
Al día siguiente, las chicas marimo fueron en el coche de la señora mayor
hasta el aeropuerto de Nakashibetsu, de donde salía el cocinero.
Las dos llevaban la caja del cuchillo abrazada con mucho cuidado.
En el aeropuerto estaba el cocinero, con un traje que no le habían visto nunca.
No se sentaba: estaba de pie, mirando todo el rato hacia fuera.
—¡Cocinero, cocinero! —dijeron las dos a la vez, en brazos de la señora mayor.
El cocinero abrió mucho los ojos, sorprendido.
Jamás se habría imaginado que las chicas marimo irían a despedirlo.
—Esto, para usted —y le dieron el cuchillo en una caja preciosa.
El cocinero se quedó mirando aquel cuchillo con su nombre grabado.
Y por fin dijo: —Es una pieza magnífica.
Las chicas marimo cantaron.
—♪ el marimo es verde, el cielo es azul marino, el agua es del color del cielo…
—Si esto va en el equipaje de mano, no me dejan subir al avión —dijo el cocinero
con su broma de siempre, apartando la cara.
Solo que esta vez la apartó un poco hacia arriba.
Y me pareció que le temblaba un poco la voz.
Fin.
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—¿Cómo? ¿Ya está? —le pregunté a mi tío.
Sin darme cuenta, me había metido de lleno en el mundo de los marimo.
Y mi tío, riéndose un poco, dijo:
—La continuación te la cuento cuando vuelvas.
Y se fue de la habitación y me dejó allí solo.
A mí me pareció una jugada sucia, pero me pasé el resto del rato imaginando
la escena del cocinero pitando en el detector de metales y llevado a otra sala,
o en qué consistirían los trucos de magia de las chicas marimo,
y así pasé sin aburrirme mi última noche en Akan.
Aquellas palabras de mi tío,
«te lo cuento cuando vuelvas»,
creo que ahora, de adulto, entiendo por fin lo que significaban.
A lo mejor un sitio turístico necesita justo esa clase de astucia.
Tal y como mi tío había calculado,
desde aquel verano me quedé completamente prendado de Akan y de los marimo,
y de mayor sigo volviendo a Akan de vez en cuando.